miércoles, 15 de marzo de 2017

ABORTO Y MUNDIALISMO, por Juan Manuel de Prada

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ABORTO Y MUNDIALISMO, por Juan Manuel de Prada

(ABC, 14 de marzo de 2016)

Suele ocultarse que el antinatalismo es un producto de la ideología liberal, que por un lado exalta la autonomía de la voluntad y el individualismo; y, por otro, postula un orden económico que requiere que los trabajadores reduzcan su prole, para que sus salarios sean más bajos, según estableciese David Ricardo en su célebre “ley de bronce de los salarios”. Durante décadas, esta “conspiración de los cobardes” (por utilizar la expresión de Chesterton) pudo realizar tranquilamente sus fines mediante la aplicación de métodos malthusianos y eugenésicos; pero a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, con el colapso del colonialismo y sabiéndose que Hitler era (¡mecachis!) un ferviente eugenista, hubo que cambiar la estrategia para que el Dinero (ahora ya un Dinero apátrida, o sea transnacional, tal como había predicho Pío XI en "Quadragesimo Anno") pudiera seguir ejecutando aquel genocidio silencioso.

El instrumento de su ejecución fueron las organizaciones supranacionales surgidas con la excusa aspaventera de mantener la paz entre las naciones y el objetivo real de configurar un Nuevo Orden Mundial que asegurara la supremacía del Dinero. Ni siquiera ha sido un plan completamente “secreto”: no hace falta sino leer aquel maligno informe elaborado por Kissinger, en el que se establecía sin ambages que la supremacía de los Estados Unidos debía fundarse sobre la reducción de población, para evitar que los recursos que aseguran su pujanza económica fuesen acaparados por masas de indigentes. Para lograr este propósito genocida, tan querido por la plutocracia internacional (resulta muy revelador que, entre sus promotores y mecenas más conspicuos hallemos siempre a plutócratas, de John Rockefeller III a Bill Gates), la ONU desarrolló un intenso plan de acción cuyo objetivo último era la imposición a nivel planetario de los llamados “derechos reproductivos”. Este plan se ejecutó a través de estrategias diversas: una coercitiva, que alcanzó su expresión más cuajada en la imposición del “hijo único” en China, iniciativa diseñada por la UNFPA, la agencia de la ONU dedicada al control de población; y otra, mucho más inteligente y sibilina, vertebrada en torno a la célebre sentencia del caso Roe vs. Wade, que legaliza el aborto en los Estados Unidos, en flagrante conculcación de su Constitución. Esta sentencia abrirá los ojos al magnate Rockefeller, que descubre que, para extender su evangelio negro, mucho más eficaz y más barato que suministrar dinero a gobernantes corruptos es “empoderar” directamente a las mujeres, exacerbar en ellas aquel concepto nefasto de libertad postulado por la ideología liberal que las convertiría en cipayas gustosas de su plan antinatalista y en propagadoras chillonas de aquella sórdida religión avizorada por Chesterton, que a la vez que exalta la lujuria prohíbe la fecundidad. Este hallazgo de Rockefeller sería de inmediato asumido por la ONU y sus agencias protervas (aquí no podemos dejar de mencionar a la Organización Mundial de la Salud, encargada de propagar histerias como la reciente del virus del Zika, para que las naciones que se resisten al mandato antinatalista se acaben de rendir), que en la Conferencia de Pekín de 1995 consagrará el “empoderamiento” de la mujer y exaltará las teorías de género. En esta Conferencia de Pekín, por cierto, alcanzaría gran relieve la figura de Hillary Clinton, la bruja Hilaria, mamporrera mayor del mundialismo, hoy encargada por sus capataces de doblegar definitivamente a los Estados Unidos, completando el sueño diseñado por el perro Kissinger.

Sólo hay un modo de combatir el aborto; y consiste en oponerse políticamente a los designios del mundialismo. Todo lo demás es música de arpa y postureo inane.