viernes, 15 de agosto de 2014

María Asunta al Cielo.

Entrada de la Virgen de los Reyes a la Seo de Sevilla
     Era la noche de Navidad de 1910 cuando una niña, hija de un Ministro del Gobierno
italiano, se acercaba en Roma a recibir por primera vez la Sagrada Comunión de la mano de
un joven Monseñor del Vaticano. Dicho Monseñor amaba mucho a la Virgen, y, acabada la
Misa, le encomienda a la niña:
- Y ahora, pequeña, te pido que reces cada día para que se cumpla el mayor deseo que
llevo en mi corazón: que llegue pronto el día de la definición del dogma de la Asunción de
la Santísima Virgen.
     La niña rezaba por aquel joven sacerdote, llamado Eugenio Pacelli, que en 1939 era
elegido Papa, el gran Pío XII. El 1 de Noviembre de 1950, a finales ya del Año Santo, aquel
Papa insigne, ante una multitud inmensa, definía como verdad de fe, revelada por Dios, que
la Virgen, resucitada después de su muerte, había subido en cuerpo y alma al Cielo.
     El Papa no obraba así sin más ni más, ni llevado sólo por su devoción personal. Había
escuchado el clamor de toda la Iglesia, guiada en su fe por el Espíritu Santo. Cuatro años
antes se había dirigido el Papa a todos los Obispos católicos del mundo y le había
preguntado a cada uno: -¿Cuál es tu parecer y el del pueblo cristiano a ti confiado sobre la
Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo?
     La respuesta de todos los Obispos fue unánime: un SÍ rotundo. Entonces, no había duda
alguna. El Espíritu Santo fue dado a la Iglesia para que le enseñara toda verdad, y si
Pastores y fieles creían todos lo mismo, esa verdad estaba en el depósito de la revelación.
Nuestro pensamiento se nos va ahora a Jerusalén, a los tiempos de los Apóstoles. La
vida de la Iglesia primitiva nos ha quedado impresa con rasgos indelebles y hermosísimos
en los Hechos de los Apóstoles, uno de los libros más bellos de toda la Biblia.
     Los primeros cristianos formaban una comunidad idílica y encantadora. Predicación
ardiente de los Apóstoles. Fraternidad de todos los bautizados. Oración asidua en el Templo
y en las casas. Todos en torno a la mesa donde partían el Pan: era Jesús que se hacía
presente por la Eucaristía... En la primera página de ese libro precioso, Lucas nos ha
presentado a María como corazón de esa Iglesia naciente. Ella alentaba la unión de los
discípulos, que elevaban las manos al cielo con la Madre del Señor Jesús colocada en
medio de ellos, y confiada a Juan como un hijo.
Ntra. Sra. del Tránsito o Dormición de Ntra. Sra. Hospital del Pozo Santo. Sevilla.
     Por María, y sólo por Ella como único testigo, supieron los Apóstoles y los más íntimos
aquellas noticias sobre la infancia y niñez de Jesús que nos han conservado los Evangelios
de Mateo y Lucas. Es natural que todos quisieran conocer la vida de Jesús en sus primeros
años, y no es nada extraño que María, con discreción exquisita, quisiera satisfacer
aspiración tan legítima.
     Así María, sin tener en la Iglesia ningún cargo ministerial que correspondía a los
Apóstoles, era el corazón de la Iglesia naciente y desempeñaba a las mil maravillas su
función de Madre de la Iglesia.
     Hasta que un día se esparció entre la comunidad la dolorosa noticia: ¡Ha muerto la
Madre del Señor Jesús! Pero pronto el dolor se convirtió en gozo. Porque Dios tuvo
providencia de hacer saber a los Apóstoles que María había resucitado y había sido llevada
en cuerpo y alma al Cielo. De no ser así, la Asunción de María no estaría en el depósito de la revelación. Y lo está. Porque ha quedado en la más pura Tradición de la Iglesia desde los
primeros días. De hecho, en Jerusalén se enseña desde los primeros siglos la casa de la
Dormición de la Virgen --¡Dormición, qué nombre tan bello!--, y los Orientales guardan
con amor en el Monte de los Olivos la tumba vacía que siempre pasó como de la Virgen
María.
     Esta verdad de la Asunción de la Virgen, sostenida siempre por la Iglesia, no está
explícita en la Biblia, pero sí que están bien claras las razones poderosas en que se apoya
nuestra fe.
     María, saludada por el Angel como la Llena de Gracia, no tendría la plenitud de los
favores de Dios si aún siguiera su cuerpo pulverizado en sepulcro.
     María, de cuya carne tomó su carne el Hijo de Dios, no podía sufrir una corrupción que
hubiera sido poco digna de su condición de Madre de Dios.
     María, asociada al Redentor al pie de la Cruz --Jesús la quiso con Él cuando llegó su
Hora--, no podía estar disociada de Él a la hora de la glorificación.
     María, declarada por Jesús desde la cruz como Madre de la Iglesia, no podía permanecer
en el sepulcro, pues esto hubiera sido también poco digno de la misma Iglesia de Jesús.
     Al estar María glorificada ya plenamente en el Cielo, se ha convertido en la imagen
futura de la Iglesia, que en la misma María ha llegado a su perfección total. Mirando a
María Asunta al Cielo, vemos lo que todos vamos a ser un día. No nos desanimamos en la
lucha.
     Vemos en María cómo el Señor cumple su palabra de resucitar a los que creen en Él, y
María fue la gran creyente.
     El Concilio nos recordó la verdad de María Asunta con estas palabras:
“La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del
Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y
vencedor del pecado y de la muerte”.
     ¡María, Madre nuestra, qué orgullosos estamos de ti! ¡Y cómo te amamos! En el Cielo
intercedes por nosotros, y no tienes otra ilusión que vernos a todos y cada uno de tus hijos
glorificados junto a ti. Y allí estaremos contigo, porque creemos firmemente en la palabra
de Jesús, que nos dijo: Todo el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Porque yo lo
resucitaré en el último día...

Hoy Festividad de la Asunción se entre otras advocaciones la de Ntra Sra de los Reyes, de la Paloma, del Mar, del Olvido, del Alba...