jueves, 1 de diciembre de 2022

La sombra de José

Hay que reconocer que san José no ha tenido mucha suerte que digamos en la transmisión que los siglos han hecho de su figura. Si nos preguntamos qué imagen surge en la mente del cristiano al oir el nombre del esposo de María, tenemos que respondernos que la de un viejo venerable, con rostro no excesivamente varonil, que tiene en sus manos una vara de nardo un tanto cursi. O quizá, como variante, la de un ebanista que, muy pulcro él, muy nuevos sus vestidos, se olvida de la garlopa, que tiene entre las manos, para contemplar en un largo éxtasis los juegos de su hijo que se entretiene haciendo cruces entre limpísimas virutas. Dos imágenes que, si Dios no lo remedia, van a durar aún algunos siglos, por mucho que la fornida idea de san José Obrero trate de desplazar tanta cursilería. Dos imágenes que, además, poco tienen que ver con la realidad histórica de José, el carpintero de Nazaret.

Al parecer, como los hombres somos mucho más «listos» que Dios, nos precipitamos enseguida a cubrir con nuestra mala imaginación lo que los evangelistas velaron con su buena seriedad teológica. Y así es como a José le dedican pocas lineas los evangelistas y cientos de páginas la leyenda dorada. Pero bueno será empezar por conocerla, aunque sólo sea para saber lo que José «no fue».

El José de la leyenda

La idea del José viejo y milagroso data de los primeros siglos. La encontramos en el escrito apócrifo titulado «Protoevangelio de Santiago» que Orígenes conocía ya en el siglo lll. Se trata de una obra deliciosa e ingenua, nacida sin duda de una mezcla de afecto piadoso y de afán de velar contra posibles herejías. ¿Había quien encontraba difícil de comprender un matrimonio virginal entre José y María? Pues se inventaba un José viudo y anciano que habría aceptado a María más como tutor que como esposo. Y se añadía todo el florero de milagros que ingenuamente inventan todos los que no han descubierto que el mayor milagro de la vida de Cristo es que sólo ocurrieron los imprescindibles. APÓCRIFOS: Veamos cómo cuenta este primitivo texto apócrifo el matrimonio de José y María:

Se criaba María en el templo del Señor como si fuera una paloma y recibía el sustento de la mano de un ángel. Cuando tuvo doce años deliberaron los sacerdotes y dijeron: «He aquí que María ha cumplido doce años en el templo del Señor. ¿Qué haremos con ella para que no se mancille el santuario del Señor nuestro Dios?» Y dijeron al sumo sacerdote: «Tú estás en el altar del Señor; entra en el santuario y ruega por ella y haremos lo que te revele el Señor». El sumo sacerdote cogió el pectoral con las doce campanillas y se dirigió al Sancta Sanctorum y rogó por ella. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor y le dijo: «Zacarías, Zacarías, sal y convoca a los viudos del pueblo; que traigan cada uno su cayado y a quien el Señor señale ése será su esposo». Salieron los heraldos por todo el territorio de Judea y resonaron las trompetas del Señor, y pronto concurrieron todos. San José arrojó su hacha y se apresuró a reunirse con ellos, y después de estar todos reunidos cogieron los cayados y fueron al sumo sacerdote. Este cogió los cayados de todos, entró en el templo y oró. Después de haber terminado la oración, tomó los cayados, salió y se los entregó, y ninguna señal apareció en ellos. Pero cuando José cogió el último cayado, he aquí que una paloma salió de éste y voló a la cabeza de san José. Y dijo el sacerdote a san José: «Tú estás destinado por la suerte para tomar bajo tu protección a la Virgen del Señor» y san José contestó y dijo: «Tengo hijos, soy un hombre viejo; ella en cambio es joven, tengo miedo de parecer ridículo ante los hijos de Israel». Y dijo el sacerdote a san José: «Teme al Señor, tu Dios, y recuerda lo que hizo con Datán, Abirón y Coré, cómo abrió la tierra y fueron tragados por ella por su oposición. Y teme ahora a Dios, José, no vaya a ocurrir algo en tu casa». Y José temió y la tomó bajo su protección. Y dijo a María: «He aquí que te recibo del templo del Señor y te dejo ahora en mi casa y me voy a hacer mis trabajos y después vendré otra vez a donde ti; el Señor tendrá cuidado de ti mientras tanto.

¡Delicioso! Pero sin una sola palabra que se sostenga a la luz de la crítica y de la historia. Esos heraldos que pregonan por todo el país, esos cayados de los que salen palomas (en otras versiones simplemente la madera seca florece de repente) que se posan en la cabeza del elegido. 0Estamos en el reino de las hadas.

No menos curioso es el apócrifo titulado «Historia de José, el carpintero» y que data del siglo VI o Vil. Esta vez el escritor, egipcio probablemente, nos cuenta nada menos que toda la vida de José... narrada por Jesús a sus discípulos en el huerto de los Olivos. En él se nos dice que José tuvo de su primer matrimonio cuatro hijos y dos hijas (y hasta se nos dan sus nombres: Judas, Justo, Jacobo, Simeón, Assia y Lidia) y que, viudo, tras 49 años de convivencia con su primera esposa, recibió a María, de 12 años, como si fuera una hija más. El apócrifo se extiende esta vez, sobre todo, en la muerte de José:

Pasaron los años y envejeció. Sin embargo no padecía ninguna enfermedad. Conservaba la luz de sus ojos y no perdió ni un diente de su boca. También conservó siempre la vitalidad de su espíritu. Trabajaba como un joven en la plenitud de su vigor, y sus miembros estaban sanos. Viviré durante ciento once años.

Pero un día le llegó la hora de morir. Era -dice el escritor- el 26 de abril. El detalle nos muestra el sentido de todo el escrito: su autor quiere defender una fecha concreta para la celebración de la fiesta de san José. Pero, una vez puesto a demostrarlo, rodea de ternísimos detalles -siempre en la boca de Cristo la muerte del anciano:

Yo me senté a sus pies y le contemplaba. Tuve sus manos entre las mías durante toda una hora. Dirigió hacia mi su rostro y me indicó que no le abandonara. Acto seguido puse mi mano sobre su pecho y me di cuenta de que su alma iba en seguida a dejar su morada... Vinieron entonces Miguel y Gabriel, recibieron el alma de mi padre José y la cubrieron de luminosos vestidos. Le cerré los ojos con mis propias manos y cerré su boca. Y dije a José: «No te invadirá ningún olor a cadáver ni saldrá de tu cuerpo gusano alguno. Nada de tu cuerpo se corromperá, padre mío, sino que permanecerá integro e incorruptible hasta el ágape milenario.

El silencio respetuoso del evangelio

La fábula es hermosa, pero tendremos que olvidarla para tratar de acercarnos a la realidad. Y la realidad es que el evangelio -en expresión de Rops- rodea su figura de sombra, de humildad y de silencio: se le adivina, más que se le ve. Nada sabemos de su patria. Algunos exegetas se inclinan a señalar Belén. Otros prefieren Nazaret. De Belén descendían posiblemente sus antepasados. Nada sabemos tampoco de su edad. Los pintores, siguiendo a la leyenda, le prefieren adulto o anciano. Un especialista como Franz Jantsch sitúa a José, a la hora de su matrimonio, entre los 40 ó 50 años, aun rechazando la idea de la ancianidad. Pero dada la brevedad de la vida en aquel siglo y aquel país, los cuarenta o cincuenta hubieran sido una verdadera ancianidad.

Al otro extremo se va Jim Bishop que pone a José con 19 años. Lo más probable es que tuviera algunos años más que María y que se desposara con ella en torno a los 25, edad muy corriente para los jóvenes que se casaban en aquel tiempo. ¿Era realmente carpintero? Otra vez la oscuridad. La palabra griega tecton habría que traducirla, en rigor, como «artesano», sin mayores especificaciones. A favor de un trabajo de carpintería estaría la antigüedad de la tradición (san Justino nos dice que construía yugos y arados, y en la misma linea escriben Orígenes, san Efrén y san Juan Damasceno) y el hecho de que ningún apócrifo le atribuya jamás otro oficio. Hasta la edad media no aparecen los autores que le dicen herrero (san Isidoro de Sevilla entre otros). Pero ninguna prueba decisiva señala con precisión el oficio de José.

Algo puede aclararnos el hecho de que en la época de Cristo en Palestina escaseaba la madera. No había sino los famosos cedros, que eran pocos y propiedad de ricos, palmeras, higueras y otros frutales. Como consecuencia muy pocas cosas eran entonces de madera. Concretamente, en Nazaret las casas o eran simples cuevas excavadas en la roca o edificaciones construidas con cubos de la piedra caliza típica del lugar (tan blanda que se cortaba con sierras). En los edificios la madera se reducía a las puertas y muchas casas no tenían otra puerta que una gruesa cortina. No debía, pues, ser mucho el trabajo para un carpintero en un pueblo de no más de cincuenta familias. Preparar o reparar aperos de labranza o construir rústicos carros. Los muebles apenas existían en una civilización en que el suelo era la silla más corriente y cualquier piedra redonda la única mesa. Evidentemente la carpintería no era un gran negocio en el Nazaret de entonces. Habría que empezar a pensar que la verdadera profesión de José era lo que actualmente denominaríamos «sus chapuzas». Todo hace pensar que sus trabajos eran encargos eventuales que consistían en reparar hoy un tejado, mañana en arreglar un carro, pasado en recomponer un yugo o un arado. Sólo dos cosas son ciertas: que trabajaba humildemente para ganarse la vida y que se la ganaba más bien mal que bien.

Su matrimonio con María

Este es el hombre que Dios elige para casarse con la madre del Esperado. Y lo primero que el evangelista nos dice es que María estaba desposada con él y que antes de que conviviesen (Mt 1, 18) ella apareció en estado. Nos encontramos ya aquí con la primera sorpresa: ¿Cómo es que estando desposada no habían comenzado a convivir? Tendremos que acudir a las costumbres de la época para aclarar el problema. El matrimonio en la Palestina de aquel tiempo se celebraba en dos etapas: el «quiddushin» o compromiso y el «nissuin» o matrimonio propiamente tal. Como es habitual en muchos pueblos orientales son los padres o tutores quienes eligen esposo a la esposa y quienes conciertan el matrimonio sin que la voluntad de los contrayentes intervenga apenas para nada. María y José se conocerían sin duda (todos se conocen en un pueblecito de cincuenta casas) pero apenas intervinieron en el negocio. Y uso la palabra «negocio» porque es lo que estos tratos matrimoniales parecían. Los padres o tutores de los futuros desposados entablaban contactos, discutían, regateaban, acordaban. Ambas familias procuraban sacar lo más posible para el futuro de sus hijos.

Pero no parece que en este caso hubiera mucho que discutir. José pudo aportar sus dos manos jóvenes y, tal vez como máximo, sus aperos de trabajo. María -aparte de su pureza y su alegría- pondría, como máximo, algunas ropas y muebles o útiles domésticos. Los tratos preliminares concluían con la ceremonia de los desposorios que se celebraba en la casa de la novia. Amigos y vecinos servían de testigos de este compromiso que, en rigor, tenia toda la solidez jurídica de un verdadero matrimonio. «He aquí que tú eres mi prometida» decía el hombre a la mujer, mientras deslizaba en su mano la moneda que simbolizaba las arras. «He aquí que tú eres mi prometido» respondía la mujer, que pasaba a ser esposa de pleno derecho. Con el nombre de «esposa de fulano» se la conocía desde entonces. Y, si el novio moría antes de realizarse el verdadero matrimonio, recibía el nombre de «viuda». La separación sólo con un complicado divorcio podía realizarse. Los desposorios eran, pues, un verdadero matrimonio. Tras ellos podían tener los novios relaciones intimas y el fruto de estas relaciones no era considerado ilegitimo, si bien en Galilea la costumbre era la de mantener la pureza hasta el contrato final del matrimonio. Este solía realizarse un año después y era una hermosa fiesta. Un miércoles -día equidistante entre dos sábados- el novio se dirigía, a la calda de la tarde, hacia la casa de su prometida, llevando del ronzal un borriquillo ricamente enjaezado. Las gentes se asomaban a las puertas y, en las grandes ciudades, se agolpaban en las ventanas. En su casa esperaba la novia rodeada de sus amigas, todas con sus lámparas encendidas. La novia vestía de púrpura, ajustado el vestido con el cinturón nupcial que la víspera le habla regalado el novio. Perfumada con ungüentos preciosos, lucia la muchacha todas sus joyas: brazaletes de oro y plata en muñecas y tobillos, pendientes preciosos. La mujer recibía al hombre con los ojos bajos. Este la acomodaba sobre el asno que luego conducirla de la brida. En el camino grupos de niños arrojaban flores sobre los desposados. Sonaban flautas y timbales y, sobre las cabezas de los novios, los amigos agitaban arcos de palmas y ramos de olivo. Cantaba por la calle la novia. En sus cantos hablaba a sus amigas de su felicidad. El cortejo y los amigos del esposo cantaban también, elogiando las virtudes de los desposados. Ya en la casa del novio, un sacerdote o un anciano leía los textos que hablaban de los amores de Sara y Tobías. Y el vino completaba la alegría de todos.

María y José, en el silencio de Dios

María y José vivieron sin duda todas estas ceremonias. Pero, para ellos, entre la primera y la segunda, ocurrió algo que trastornó sus vidas y que dio un especialísimo sentido a este matrimonio. María y José iban a cruzar ese tremendo desierto que los modernos llamamos «el silencio de Dios». Son esos «baches» del alma en los que parece que todo se hundiera. Miramos a derecha e izquierda y sólo vemos mal e injusticia. Salimos fuera de nuestras almas y contemplamos un mundo que se destruye, las guerras que no cesan, los millones de hambrientos. Incluso en el mundo del espíritu no vemos sino vacilación. Ni la propia Iglesia parece segura de si misma. Nos volvemos, entonces, a Dios y nos encontramos con un muro de silencio. ¿Por qué Dios no habla? ¿Por qué se calla? ¿Por qué nos niega la explicación a que tenemos derecho? Hemos dedicado a él lo mejor de nuestra vida, creemos tener la conciencia tranquila... ¡Mereceríamos una respuesta! Pero él permanece callado, horas y horas, días y días.

Alguien nos recuerda, entonces, la frase del libro de Tobías: Porque eras grato a Dios, era preciso que la tentación te probara (Tob 2, 12) ¿Por ser grato a Dios? ¿Precisamente por serle grato? La paradoja es tan grande que nos parece un bello consuelo sin sentido. Pero es el único que nos llega, porque Dios continúa callado, sin concedernos esa palabra suya que lo aclararía todo. Dios niega este consuelo a sus mejores amigos escribe Moeller y la Biblia lo testimonia largamente. Todos, todos han pasado alguna vez por ese amargo desierto del «silencio de Dios». Es lo que ahora van a vivir María y José.

Ella habla partido hacia Ain Karim a mitad del año entre la ceremonia de los desposorios y el matrimonio propiamente tal. Había pedido permiso a José para ausentarse, pero no había dado demasiadas explicaciones. Tampoco José las había pedido: era natural que le gustara pasar unas semanas con su prima y mucho más si sabia o sospechaba que Isabel esperaba un niño. Algo más extraña resultó la vuelta precipitada de María. Aunque los exegetas no están de acuerdo. los textos evangélicos parecen insinuar que volvió a Nazaret faltando algunos días o semanas para el nacimiento de Juan. Al menos, nada dicen de una presencia de María en los días del alumbramiento. ¿A qué vienen ahora estas prisas? ¿No era normal que acompañase a su prima precisamente en los días en que más podía necesitarla? Esta prisa obliga a pensar que o faltaba poco tiempo para la ceremonia del matrimonio de María o, más probablemente, que los síntomas de la maternidad empezaban a ser ya claros en ella y no quiso que José se enterase de la noticia estando ella fuera. Regresó, pues, a Nazaret y esperó, esperó en silencio. No parece en absoluto verosímil que María contase como apunta Bishop su estado a José. Los evangelios insinúan un silencio absoluto de María. San Juan Crisóstomo en una homilía de prodigioso análisis psicológico trata de investigar el por qué de este silencio:

Ella estaba segura de que su esposo no hubiera podido creerla si le contara un hecho tan extraño. Temía, incluso, excitar su cólera al dar la impresión de que ella trataba de cubrir una falta cometida. Si la Virgen había experimentado una extrañeza bien humana al preguntar cómo ocurriría lo que anunciaba el ángel, al no conocer ella varón, cuánto más habría dudado José, sobre todo si conocía esto de labios de una mujer, que por el mismo hecho de contarlo, se convertía en sospechosa.

No, era algo demasiado delicado para hablar de ello. Además ¿qué pruebas podía aportar María de aquel misterio que llenaba su seno sin intervención de varón? Se calló y esperó. Esta había sido su táctica en el caso de Isabel y Dios se habla anticipado a dar las explicaciones necesarias. También esta vez lo haría. Seguía siendo asunto suyo.

La noche oscura de José

¿Cómo conoció José el embarazo de María? Tampoco lo sabemos. Lo más probable es que no lo notara al principio. Los hombres suelen ser bastante despistados en estas cosas. Lo verosímil es pensar que la noticia comenzó a correrse entre las mujeres de Nazaret y que algunas de ellas, entre pícara e irónica, felicitó a José porque iba a ser padre. Ya hemos señalado que nadie pudo ver un pecado en este quedar embarazada María -de quien ya era su marido legal, pensarían todos- antes de la ceremonia matrimonial. No era lo más correcto, pero tampoco era un adulterio. Nadie se rasgaría, pues, las vestiduras, pero no faltarían los comentarios picantes. En un pueblo diminuto, el embarazo de María era una noticia enorme y durante días no se hablaría de otra cosa en sus cincuenta casas. Para José, que sabía que entre él y María no había existido contacto carnal alguno, la noticia tuvo que ser una catástrofe interior. Al principio no pudo creerlo, pero luego los signos de la maternidad próxima empezaron a ser evidentes. No reaccionó con cólera, sino con un total desconcierto. La reacción normal en estos casos es el estallido de los celos. Pero José no conocía esta pasión que los libros sagrados describen implacable y dura como el infierno. El celoso -decía el libro de los Proverbios- es un ser furioso. no perdonará hasta el día de la venganza (Prov 6, 34).

En José no hay ni sombra de deseos de venganza. Sólo anonadamiento. No puede creer, no quiere creer lo que ven sus ojos. ¿Creyó José en la culpabilidad de su esposa? San Agustín, con simple realismo, dice que sí: la juzgó adúltera. En la misma línea se sitúan no pocos padres de la Iglesia y algunos biógrafos. Pero la reacción posterior de José está tan llena de ternura que no parece admitir ese pensamiento. Lo más probable es que José pensara que María había sido violada durante aquel viaje a Ain Karim. Probablemente se echó a sí mismo la culpa por no haberla acompañado. Viajar en aquellos tiempos era siempre peligroso. Los caminos estaban llenos de bandoleros y cualquier pandilla de desalmados podía haber forzado a su pequeña esposa. Esto explicaría mucho mejor el silencio en que ella se encerraba. Por otro lado, la misteriosa serenidad de María le desconcertaba: no hubiera estado así de haber sido culpable su embarazo, se hubiera precipitado a tejer complicadas historias. El no defenderse era su mejor defensa.

¿Pudo sospechar José que aquel embarazo viniera de Dios? Algunos historiadores así lo afirman y no falta quien crea que esta sospecha es lo que hacía temblar a José que, por humildad, no se habría atrevido a vivir con la madre del futuro Mesías. La explicación es piadosa pero carece de toda verosimilitud. Las profecías que hablaban de que el Mesías nacería de una virgen no estaban muy difundidas en aquella época y la palabra «almah» que usa el profeta Isaías se interpretaba entonces simplemente como «doncella». Por lo demás, ¿cómo podía imaginar José una venida de Dios tan sencilla? Lo más probable es que tal hipótesis no pasara siquiera por la imaginación de José antes de la nueva aparición del ángel. Sobre todo habiendo, como había, explicaciones tan sencillas y normales como la violación en el camino de Ain Karim.

Pero el problema para José era grave. Es evidente que él amaba a María y que la amaba con un amor a la vez sobrenatural y humano. Tenemos un corazón para todos los usos, ha escrito Cabodevilla. Si la quería, no le resultaba difícil perdonarla y comprenderla. Un hombre de pueblo comprende y perdona mucho mejor que los refinados intelectuales. La primera reacción de José tuvo que ser la de callarse. Si María había sido violada bastante problema tendría la pobrecilla para que él no la ayudara a soportarlo. Mas esta solución tampoco era simple. José, dice el evangelista, era «justo» (Mt 1, 19). Esta palabra en los evangelios tiene siempre un sentido: cumplidor estricto de la ley. Y la ley mandaba denunciar a la adúltera. Y, aun cuando ella no fuera culpable, José no podía dar a la estirpe de David un hijo ilegítimo. Y el que María esperaba ciertamente parecía serlo. Si José callaba y aceptaba este niño como si fuera suyo, violaba la ley y esto atraería castigos sobre su casa, sobre la misma María a quien trataba de proteger. Este era el «temor» del que luego le tranquilizaría el ángel.

Pero, si él no reconocía este niño como suyo, el problema se multiplicaba. María tendría que ser juzgada públicamente de adulterio y probablemente sería condenada a la lapidación. Esta idea angustió a José. ¿Podría María probar su inocencia? Su serenidad parecía probar que era inocente, pero su silencio indicaba también que no tenía pruebas claras de esa inocencia. José sabía que los galileos de su época eran inflexibles en estas cosas. Quizá incluso había visto alguna lapidación en Nazaret, pueblo violento que un día querría despeñar a Jesús en el barranco de las afueras del pueblo. José se imaginaba ya a los mozos del pueblo arrastrando a María hasta aquel precipicio. Si ella se negaba a tirarse por él, sería empujada por la violencia. Luego la gente tomaría piedras. Si la muchacha se movía después de la caída, con sus piedras la rematarían. Dejarían luego su cuerpo allí, para pasto de las aves de rapiña.

No podía tomarla, pues. Denunciarla públicamente no quería. ¿Podría «abandonarla» en silencio? Entendida esta palabra «abandonarla» en sentido moderno, habría sido la solución más sencilla y la más coherente en un muchacho bueno y enamorado: un día desaparecería él del pueblo; todas las culpas recaerían sobre él; todos pensarían que él era un malvado que había abandonado a María embarazada. Así, nadie sospecharía de ella, ni del niño que iba a venir. Pero ni este tipo de abandonos eran frecuentes entonces, ni la palabra «abandonar» que usa el evangelista tiene ese sentido. En lenguaje bíblico «abandonar» era dar un libelo legal de repudio. Probablemente, pues, era esto lo que proyectaba José: daría un libelo de repudio a María, pero en él no aclararía la causa de su abandono. De todos modos tampoco era sencilla esta solución y no terminaba de decidirse a hacerlo.

¿Cuánto duró esta angustia? Días probablemente. Días terribles para él, pero aún más para ella. ¡Dios no hablaba! ¡Dios no terminaba de hablar! Y a María no le asustaba tanto la decisión que José pudiera tomar, cuanto el dolor que le estaba causando. Ella también le quería. Fácilmente se imaginaba el infierno que él estaba pasando. Y los dos callaban. Callaban y esperaban sumergidos en este desgarrador silencio de Dios. Su doble pureza hacia más hondas sus angustias. Seres abiertos a lo sobrenatural aceptaban esto de ser llevados de la mano por el Eterno. ¡Pero este caminar a ciegas! ¡Este verse él obligado a pensar lo que no quería pensar! ¡Este ver ella que Dios inundaba su alma para abandonarla después a su suerte! Difícilmente ha habido en la historia dolor más agudo y penetrante que el que estos dos muchachos sintieron entonces. ¡Y no poder consultar a nadie, no poder desahogarse con nadie! Callaban y esperaban. El silencio de Dios no seria eterno.

El misterio se aclara con un nuevo misterio

No lo fue. No habla llegado José a tomar una decisión cuando en sueños se le apareció un ángel del Señor (Mt 1, 20). En sueños: si el evangelista estuviera inventando una fábula habría rodeado esta aparición de más escenografía. No hubiera elegido una forma tan simple, que se presta a que fáciles racionalismos hicieran ver a José como un soñador. Pero Dios no usa siempre caminos extraordinarios. En el antiguo testamento era frecuente esta acción de Dios a través del sueño. Entre sueños, con visiones nocturnas -decía el libro de Job- abre Dios a los hombres los oídos y los instruye y corrige (Job 4, 13). Era además un sueño preñado de realidad. Difícilmente se puede decir más de lo que el ángel encierra en su corto mensaje. Comienza por saludar a José como «hijo de David» (Mt 1, 20), como indicándole que cuanto va a decirle le afecta no sólo como persona, sino como miembro de toda una familia que en Jesús queda dignificada. Pasa después a demostrar a José que conoce todo cuanto estos días está pasando: No temas en recibir a María (Mt 1, 20). Dirige sus palabras al «justo», al cumplidor de la ley. No temas, al recibir a María no recibes a una adúltera, no violas ley alguna. Puedes recibir a María que es «tu esposa» y que es digna de serlo pues lo concebido en ella es obra del Espíritu santo. Son palabras gemelas a las que usara con María. Y contenían lo suficiente para tranquilizar a José. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. (Mt 1, 21). El mensaje se dirige ahora a José. como diciéndole: aunque tú no serás su padre según la carne, ejercerás sobre él los verdaderos derechos del padre. simbolizados para los hebreos en esta función de ponerle nombre. El nombre tiene en el mundo bíblico mucha mayor importancia que entre nosotros. Casi siempre posee un sentido que trata de definir la vida de quien lo lleva. Y el cambio de nombre adquiere siempre en el antiguo testamento el doble sentido de una «elección» y de una especial «misión». El nombre es, en cierto modo, la primera revelación de Dios sobre el hombre.

Y el nombre que el ángel dice no carece de sentido, es un tesoro inagotable, comenta san Juan Crisóstomo. Se llamará Jesús (Ya-chúa, en hebreo) es decir: «Yahvé salva». Este nombre de «salvador» se aplica a Dios unas cien veces en el antiguo testamento. Dios es mi salvador, viviré lleno de confianza y no temeré (Is 12, 2). Cuán hermosos son los pies de aquel que pregona la salvación (Is 52, 7). El ángel anuncia así que Jesús traerá lo que el hombre más necesita, lo que sólo Dios puede dar, lo más que Dios puede dar al hombre: la salvación. Salvación, en primer lugar, para su pueblo, para Israel. Habla el ángel a José de lo que mejor puede entender, de lo que más esperaba un judío de entonces. En su hijo se cumplirá aquello que anunciaba el salmo 130: Espera, oh Israel, en el Señor. Porque en el Señor hay misericordia y salvación abundante. El redimirá algún día a Israel de todas sus iniquidades.

Aún es más fecundo el mensaje del ángel: puntualiza en qué consistirá esa salvación. El pueblo -explica el comentario de san Juan Crisóstomo- no será salvado de sus enemigos visibles, ni de los bárbaros, sino de algo más importante. del pecado. Y esto nadie podía haberlo hecho antes de Jesús. Parece que el evangelista tuviera prisa por señalar el eje de la misión de Cristo, salvador, sí, de todos los males, liberador, si, del hombre entero, pero salvador de todo porque atacaría a la raíz de todo, a la última causa de todo mal: los pecados. No venia a dar una batalla directa contra el hambre en el mundo, ni contra la dominación romana, ni contra la divinización humana que incluía la cultura helenística. Venia a dar la batalla contra todo pecado que corrompe el interior del hombre, sabiendo, eso si, que en ella quedarían también incluidas la lucha contra el hambre, la opresión, la idolatría de la inteligencia. Venía a cambiar al hombre, sabiendo que, cuando el hombre fuera mejor, sería también más feliz.

El ángel ha concluido ya su mensaje. Pero el evangelista aún tiene algo que añadir. Mateo se ha propuesto como fin fundamental de su evangelio mostrar a sus contemporáneos cómo se realizan en Cristo todas las profecías que anunciaban al Mesías y aquí nos señala cómo en este misterioso nacimiento se realizan las palabras de Isaías: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo... (Mt 1, 23). Estas palabras que son tan importantes para nosotros, no lo eran tanto para los contemporáneos y antecesores de Cristo, por la simple razón de que no lograban entenderlas. Las escuelas judías apenas comentaban este oráculo y no solían referirlas al Mesías. Esperaban la venida de este enviado revestido de poder y de majestad: mal podían imaginarle a través de un bebé que nace de un ser humano. Pensaban en la llegada de un vencedor adulto, nadie hablaba de su posible nacimiento. Menos aun podían intuir un nacimiento virginal y misterioso. La palabra que nosotros traducimos por «Virgen>' (almah, en hebreo) la traducían simplemente por «doncella», «jovencita». Sólo José aquella noche comenzó a vislumbrar el sentido de esa palabra y entendió que a él se le aclaraba el rompecabezas de su espíritu. Ahora todo cuadraba: la pureza incuestionable de su esposa, la misteriosa serenidad de ella, su vocación personal. Ahora supo por qué quería a María y, al mismo tiempo, no la deseaba; por qué su cariño era casi sólo respeto. Entendía cómo podían unirse ideas tan opuestas como «virginidad» y «maternidad»; cómo él podía ser padre sin serlo, cómo aquel terrible dolor suyo de la víspera había sido maravillosamente fecundo.

¿Temió, por un momento, que todo hubiera sido un sueño, una «salida» que se buscaba su subconsciente para resolver el problema? Tal vez sí lo temió. Pero, cuanto más reflexionaba, mas se daba cuenta de que aquello sólo podía ser obra de Dios. ¿Cómo iba a haber inventado él aquel prodigio de un embarazo obrado por Dios que, despierto, ni hubiera podido pasar por su imaginación? Una idea así le hubiera parecido una blasfemia. Pero ahora veía que era posible. Que no sólo era posible, sino que en ella se realizaban las profecías que antes no había podido comprender. No, no era un sueño. Sintió deseos de correr y abrazar a María. Lo hizo apenas fue de día. Y a ella le bastó ver su cara para comprender que Dios había hablado a José como antes lo habla hecho con Isabel. Ahora podían hablar ya claramente, confrontar sus «historias de ángeles», ver que todo cuadraba, «entender» sus vidas, asustarse de lo que se les pedía y sentir la infinita felicidad de que se les pidiese. Comprendían su doble amor virginal y veían que esta virginidad en nada disminuía su verdadero amor. Nunca hubo dos novios más felices que María y José paseando aquel día bajo el sol.

Un destino cambiado

Pero no sólo alegría. También miedo y desconcierto. Cuando José volvió a quedarse solo comenzó a sentir algo que sólo podía definirse con la palabra «vértigo». Sí, hablan pasado los dolores y las angustias, se había aclarado el problema de María, pero ahora descubría que todo su destino habla sido cambiado. El humilde carpintero, el muchacho simple que hasta entonces habla sido, acababa de morir. Nacía un nuevo hombre con un destino hondísimo. Como antes María, descubría ahora José que embarcarse en la lancha de Dios es adentrarse en su llamarada y sufrir su quemadura. Tuvo miedo y debió de pensar que hubiera sido mas sencillo si todo esto hubiera ocurrido en la casa de enfrente. Un poeta -J. M. Valverde- ha pintado minuciosamente lo que José debió de sentir aquella tarde, cuando se volvió a quedar solo:


¿Por qué hube de ser yo? Como un torrente 
de cielo roto, Dios se me caía 
encima: gloria dura, enorme, haciéndome 
mi mundo ajeno y cruel: mi prometida 
blanca y callada, de repente oscura 
vuelta hacia su secreto, hasta que el ángel 
en nívea pesadilla de relámpagos, 
me lo vino a anunciar:
el gran destino 
que tan bello sería haber mirado 
venir por otra calle de la aldea...

¿Y quién no preferiría un pequeño destino hermoso a ese terrible que pone la vida en carne viva? Todos los viejos sueños de José quedaban rotos e inservibles.

Nunca soñé con tanto. Me bastaban 
mis días de martillo, y los olores 
de madera y serrín, y mi María 
tintineando al fondo en sus cacharros.
Y si un día el Mesías levantaba 
como un viento el país, yo habría estado 
entre todos los suyos, para lucha 
oscura o para súbdito. Y en cambio 
como un trozo de monte desprendido 
el Señor por mi casa, y aplastada 
en demasiada dicha mi pequeña 
calma, mi otra manera de aguardarse.

Pero aún había más: la venida del Dios tonante ni siquiera era tonante en lo exterior. Dios estaba ya en el seno de María y fuera no se notaba nada. Solamente -dirá el mismo poeta- más la sobre María, más lejano el fondo de sus ojos. Sólo eso, ni truenos en el aire, ni ángeles en la altura. El trabajo seguía siendo escaso, los callos crecían en las manos, el tiempo rodaba lentamente. Sólo su alma percibía el peso de aquel Dios grande y oscuro a la vez. «Quizá -pensó- cuando el niño nazca termine por aclararse todo».

JOSÉ LUIS MARTIN-DESCALZO
VIDA-MISTERIO


viernes, 18 de marzo de 2022

Las piedras grandes.

 †

Un día, contrataron a un viejo profesor para impartir una clase sobre la planificación eficaz del tiempo a un grupo de quince directivos de grandes empresas. Esa clase 96 formaba parte de los cinco talleres de la jornada de formación, de modo que el profesor solo disponía de una hora.

 Comenzó mirándolos despacio, uno a uno, y les dijo:

 «Vamos a hacer un experimento». 

De debajo de la mesa sacó un frasco enorme, con capacidad para varios litros, que colocó con suavidad ante él. Luego mostró una docena de piedras del tamaño de pelotas de tenis y las fue depositando cuidadosamente, una a una, en el frasco. Cuando el frasco estuvo lleno hasta los bordes y era imposible añadir una sola piedra más, alzó los ojos hacia sus alumnos y les preguntó: 

«¿Está lleno el frasco?».  

Contestaron todos: «Sí». —Él esperó unos segundos y añadió: «¿Seguro?». 

Entonces volvió a agacharse y sacó de debajo de la mesa un recipiente lleno de grava. Con cuidado, echó la grava por encima de las piedras y agitó ligeramente el frasco. Los trozos de grava se filtraron entre las piedras hasta el fondo. 

El viejo profesor volvió a alzar la mirada hacia su auditorio y preguntó: 

«¿Está lleno el frasco?». 

Esta vez, sus avispados alumnos empezaron a entender su maniobra. Uno de ellos contestó: 

«Lo más probable es que no». 

«¡Muy bien!», respondió el viejo profesor. 

 Se agachó de nuevo y esta vez sacó arena de debajo de la mesa y la echó dentro. Una vez más, preguntó: 

«¿Está lleno el frasco?». 

Ahora, sin dudarlo un momento y todos a una, los alumnos contestaron: 

«¡No!». 

«¡Muy bien!», repuso el viejo profesor. 

Y, tal y como esperaban los alumnos, cogió la jarra de agua que había encima de la mesa y llenó el frasco hasta arriba. 

Luego preguntó: 

«¿Qué gran verdad nos demuestra este experimento?». 

Como era de prever, el alumno más osado, recordando el tema de la clase, contestó: 

«Demuestra que, aunque creamos que nuestra agenda está llena, si de verdad se quiere, podemos añadir más citas y más cosas que hacer». 

«No», replicó el viejo profesor, «no es eso. La verdad que nos demuestra este experimento es esta: si no metemos primero en el frasco las piedras grandes, luego no podrán caber todas». 

Se produjo un profundo silencio mientras todos se convencían de la evidencia de su razonamiento. El viejo profesor continuó:

 «¿Cuáles son las piedras grandes de vuestra vida? ¿La salud, la familia, los amigos, los sueños, la carrera profesional? 

Lo que hay que recordar es la importancia de meter en primer lugar las piedras grandes de nuestra vida; si no, corremos el riesgo de no ser felices. 

Si damos prioridad a la pacotilla –la grava, la arena–, llenaremos nuestra vida de futilidades, de cosas sin importancia y sin valor, y no nos quedará tiempo que dedicar a lo importante. 

Por eso, no olvidéis preguntaros: ¿cuáles son las piedras grandes de mi vida? Y luego metedlas primero en el frasco de vuestra vida». 

El viejo profesor saludó a su auditorio con un gesto amistoso de la mano y abandonó lentamente la sala.

(Esta historia está extraída del libro : "Dios o nada." Nicolas Diat en su entrevista al Cardenal Robert Sarah )

martes, 30 de noviembre de 2021

La historia del viejo Jim

 El viejo Jim, cada día, a las 12🕛, Jim entraba a la Iglesia ⛪ por no más de dos minutos y luego salía. 

El sacristán, que era muy curioso, un día detuvo a Jim y le preguntó:  

—¿A qué vienes cada día?

—Vengo a orar  

—¡Imposible! ¿Qué oración puedes decir en dos minutos?  

—Soy un viejo ignorante, oro a Dios a mi manera.  

—Pero ¿qué dices?  

—Digo: Jesús, aquí estoy, soy Jim. Y me voy.  

Pasaron los años. Jim, cada vez más viejo, enfermo, ingresó al hospital, en la sección de los pobres. Cuando parecía que Jim iba a morir, el sacerdote y la religiosa enfermera estaban cerca de su lecho.  

—Jim, dinos ¿por qué desde que tú entraste a esta sección todo ha mejorado y la gente se ha puesto más contenta, feliz y amigable?

—No lo sé. Cuando puedo caminar, voy por todas partes visitando a todos, los saludo, platico un poco; cuando estoy en cama llamo a todos, los hago reír a todos y hago felices a todos. Con Jim están siempre felices.  

—Y tú, ¿por qué eres feliz?  

—Ustedes, cuando reciben diario una visita, ¿no son felices?  

—Claro. Pero ¿quién viene a visitarte? Nunca hemos visto a nadie.  

—Cuando entré a esta sección les pedí dos sillas: una para ustedes, y otra reservada para mi huésped, ¿no ven?  

—¿Quién es tu huésped?  

—Es Jesús. Antes iba a la Iglesia a visitarlo ahora ya no puedo hacerlo; entonces, a las 12, Jesús viene.  

—Y, ¿qué te dice Jesús?  

—Dice: ¡Jim, aquí estoy, soy Jesús!…  

Antes de morir lo vimos sonreír y hacer un gesto con su mano hacia la silla cercana a su cama, invitando a alguien a sentarse… sonrió de nuevo y cerró los ojos.  

(Cuando me faltan las fuerzas y no logro ni siquiera recitar mis oraciones, repito: «Jesús, aquí estoy, soy Francisco». Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: «Francisco, aquí estoy, soy Jesús»)

Extraida del libro "Cinco panes y dos peces" Cardenal Francisco Xavier Nguyen van Thuan


sábado, 30 de octubre de 2021

«Ecce crucem Domini»

 †

(Tomado del libro "Habla un exorcista" del pater Gabriele Amor
T original: Un esorcista racconta)







¿Miedo del diablo? Responde santa Teresa de Jesús Contra los miedos injustificados al demonio, reproducimos una página de santa Teresa de Ávila, tomada de su Vida (capítulo 25, 20-22). Es una página alentadora, a menos que seamos nosotros quienes abramos la puerta al iem»mo... 

«Pues si este Señor es poderoso, como veo que lo es, y sé que lo es, y que con sus esclavos los demonios — y de ello no hay que dudar, pues es fe —, siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí?¿Por qué no he de tener yo fortaleza para combatirme con todo el infierno? Tomaba una cruz en la mano y parecía verdaderamente darme Dios ánimo, que yo me vi otra en breve tiempo, que no temiera tomarme con ellos a brazos, que me parecía fácilmente con aquella cruz los venciera a todos; y ansí dije: — Ahora venid todos, que siendo sierva del Señor, yo quiero ver qué me podéis hacer. »Es sin duda que me parecía me habían miedo, porque yo quedé sosegada, y tan sin temor de todos ellos, que se me quitaron todos los miedos que solía tener, hasta hoy: ¡Jorque aunque algunas veces los vía, como diré después, no les he habido más casi miedo, antes me parecía ellos me le habían a mí. Quedóme un señorío contra ellos, bien dado del Señor de todos, que no se me da más de ellos que de moscas. Parécenme tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza. »No saben estos enemigos derecho acometer, sino a quien ven que se les rinde, o cuando lo permite Dios para más bien de sus siervos, que los tienten y atormenten. Pluguiese a Su Majestad temiésemos a quien hemos de temer y entendiésemos nos puede venir mayor daño de un pecado venial que de todo el infierno junto, pues es ello ansí. Que espantados nos train estos demonios, porque nos queremos nosotros espantar con otros asimientos de honras y haciendas y deleites; que entonces, juntos ellos con nosotros mesmos, que nos somos contrarios, amando y queriendo lo que hemos de aborrecer, mucho daño nos harán; porque con nuestras mesmas armas les hacemos que peleen contra nosotros, puniendoen sus manos con las que nos hemos de defender. •Ésta es la gran lástima. Mas si todo lo aborrecemos por Dios y nos abrazamos con la cruz y tratamos servirle de verdad, huye él de estas verdades como de pestilencia.Es amigo de mentiras y la mesma mentira; no hará pacto con quien anda en verdad. Cuando él ve escurecido el entendimiento, ayuda lindamente a que se quiebren los ojos; porque si a uno ve ya ciego en poner su descanso en cosas vanas, y tan vanas que parecen las de este mundo cosa de juego de niños, ya él ve que éste es niño, pues trata como tal, y atrévese a luchar con él una y muchas veces. •Plega el Señor que no sea yo de éstos, sino que me favorezca Su Majestad para entender por descanso lo que es descanso, y por honra lo que es honra, y por deleite lo que es deleite, y no todo al revés; ¡y una higa para todos los demonios!, que ellos me temerán a mí. No entiendo estos miedos: ¡demonio, demonio!, donde podemos decir: ¡Dios, Dios! y hacerle temblar. Sí, que ya sabemos que no se puede menear si el Señor no lo permite.¿Qué es esto? Es sin duda que tengo ya más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mesmo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir. ¡Bendito sea el Señor, que tan de veras me ha ayudado!»

sábado, 28 de diciembre de 2019

Los fieles hijos de Herodes.



+

Cada 28 de diciembre, se conmemora la matanza de los santos inocentes por orden del rey Herodes.

La Iglesia recuerda, la fecha de una masacre de inocentes.

Talla del Belén de Salzillo. Murcia
Es el día para dar cobijo en nuestras oraciones a los seres más dependientes de la tierra, asesinados.

Hoy en día,  la muerte de los seres más indefensos del planeta se ha convertido en una cura de unos minutos, a un "no me lo esperaba" o un "todavía no es el momento" o un...

Herodes. El "patrón" de la "modernidad" de médicos, jueces, políticos. Bajo su patronazgo jamás habría imaginado que llegaría una época,  donde el mundo se poblaría de bastardos del Rey infanticida; ocupando reinos y gobiernos y sobre todo de buenos súbditos que aplauden con fervor a sus señores para mayor orgullo y honra del rey asesino.

Ni guerra ni epidemia ni el tan recordado y conmemorado una y otra y otra vez holocausto judío, todos juntos, han producido tanta muerte.

Médicos, jueces, gobiernos y votantes varios, haciendo piña alrededor de los vástagos de un Rey sin escrúpulos, amparados en la fría razón de la profesionalidad, la protección, la ley y "el menos malo".

El Concilio Vaticano II, sobre el aborto: un asesinato abominable.
Asesinos como son; quienes ejercen una profesión en la que cada día sin el menor atisbo de remordimiento, hacen abuso de unas facultades para convertirse en asesinos en serie.

Médicos y los demás siervos fieles sanitarios, que no se inmutan ante el panorama de un cubo lleno de cuerpos descuartizados, a cambio de... ¿30 monedas? Infames perjuras hipocráticos, que en vez de salvar vidas, se llevan el negociete de matar niños.

No queda nada de humanidad.

Politiquillos, politicuelos y demás rapiñas, que alimentan el desnaturalizado derecho femenino, que al parecer es distinto al masculino. Ya sabemos: Igualdad. Hasta que llegamos al tema de la discriminación contra el hombre que entonces es "positiva".

- ¡Ah, ah, vale! Si es discriminación positiva, entonces no es discriminación es... Eso. Libertad, democracia,... ¡La locura de ser mujer!

Porque como todos sabemos y está comprobado la mujer es más lista que el hombre, sólo le faltó la oportunidad de demostrarlo. Eso es positiva.

- ¡Claro, claro! Positiva, "ta" claro.
- Cristalino.

Y de los jueces. Este asunto es para que se te ponga los pelos de punta. Que como decía aquél, es un verdadero cachondeo. Llorando por las esquinas porque no tienen medios y se les amontonan los asuntos y lo solventan con un "yo entiendo, así que sentencio" después de una capa de manteca por el lomo.
En aplicación de leyes injustas y siendo nada los gritos sordos de unos niños asesinados y arrojados a la basura...

¿Justicia?

Justicia

¡¿Pero cuántos son?!

Igualmente perjuras de ser guardadores y procuradores de la equidad, la justicia y la ... ¿para todos...? Esto ya no se lo creen ni ellos, pero vamos, estamos acostumbrados, ja ja ja; que super"guay."

Creo que son cientos al día. Bueno, salvo cuando nos gobernó con mayoría absoluta el P.P., hay que estar todos contentos porque bajaron el número, ya no eran 300 al día, sino 250... Muertos. ¡Inocentes muertos!

¡Bravo!

-¡Ves, te lo dije! Éstos son menos asesinos. Hay que votarlos porque sino la"derecha" nunca va a ganar. Que España ¿Suma? ¿ En serio? Tan infanticida como la zurda.

Jueces, médicos, políticos y sus votantes. Que la infamia también anda vestida con toga, con sello ministerial, fonendoscopio al cuello y corona y es ilustrada... Ya lo dice su Ley, la complicidad es delito, tanto como la del que comete el mayor. Pero si los actos de complicidad resultan ser como cooperador necesario, esto ya es la leche de delito.

Y lo peor de todo. De médicos, médicas, médiques, sanitarios, sanitarias, sanitaries, políticos, políticas, polítiques, juezos, juezas, jueces, votontos, votontas, votantes... que se adornan en las misas, en comunión diaria, en adoraciones, en golpes de pecho.

-¡Oh Dios, habla que tu siervo te escucha! - y Dios les habla cada día y es arrojado a un cubo de la basura después de descuartizarlo.

La capacidad de discernimiento.

Pero en su mundo de fantasía. Creo que esperan, que les hable de viva voz; a lo Saulo. , alguno que le cante una saeta y a otro que les hable en latín, que el latín es latín.

-Capacidad de discernimiento.
-Ah, eso.

De este atajo de víboras, "...semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! 
Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: "Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!" Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas.¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! "

¿Herodes malo? multiplicado por 70 veces 7 sus hijos que no lo pudo encontrar tan fieles y pródigos en atestiguar su paso y continuar su "hazaña" en este tiempo. Me dijo una amiga, después de que le dijera que "siendo hombre, mayor de cuarenta años y católico, aquí en España estoy jodido". Ella me dijo, y si eres provida, jodidísimo, bueno puso puntos suspensivos fiel a sus maneras respetuosas y prudente como es; después de pensarlo un rato, me dije... ese es el problema, que no está implícito, el ser católico con el de ser provida. Cristianos de pacotilla y puñalada por la espalda.

No han reconocido a Dios algunos en los más indefensos del planeta, esos que están a merced de su madre...

Bueno, "madre".

Y por último, a esas mujeres, envueltas o últimamente (las FEMENistas ) sin envolver, en la defensa de unos derechos que pasa por matar.

Matar a quien se le ha encomendado cuidar, por quienes sus cuerpos se transforman como un milagro más de Dios, que no llegan a percibir o cuando lo  perciben es tarde e innecesario, llegando a lamentaciones estériles, pero que al menos lamentan...

Pero y las que no lo hacen, abrazándose a las más variopintas excusas, huecas, vacías y tan frías como el bisturí de los mencionados; es que ... ; yo...; mi cuerpo...; mi vida...; por tanto la Vida a la basura.

Y podría pensar; cómo una persona así, no fue parte de la basura, como lo es su hijo, qué pensaba su madre cuando quedó preñada...
Afortunadamente, yo no voy a decir eso, ni siquiera pensarlo, que antes de llegar a donde estamos, todas esas mujeres, no hubieran sido abortadas por sus madres y así, "muerto el perro, se acabó la rabia."

También esas hijas de puta; son hijas de Dios, y también pueden llegar a compartir con su hijo, que no conoció, la gloria que ellos gozan, ya que no gozaron de la tierra como las víboras que lo engendraron.

En cuanto al P.P. de la mayoría absoluta, bien por ti,  Rajoy, Santamaría (esa personita que haría las delicias de un ortodoncista, más parecida a la muñeca chochona de la tómbola de feria) ". Y ahora el "nuevo partido" que se coloca al centro con el mediocre y neutro Casado. Son fenómeno, todos los "peperos" unos fuera de serie.

No hubo reforma de la ley del aborto como prometieron y ahora ya, cuando sale el tema se hacen el muerto hasta que se vaya.

Consentir que este asesinato en masa de los que se autoproclaman los bienhechores del voto católico es no desear que tenga consecuencia, es faltar a la conciencia, honor y honra. La poca que les queda a sus enfervorizados votantes. Ya casi no se distingue el voto cautivo andaluz del psoe con el del nuevo pp. 

¿El voto útil? para matar, matar y matar... estas víboras enchaquetadas y con caras de santurrones...
¿El menos malo? Espero celebrar, pasando unos meses que se hunda por su infamia, la infamia de una traición que nadie pudo imaginar. Mirando para otro lado buscando males por todos lados que compense esa traición.

No hay por donde buscar. Nada hay peor en este mundo que una traición. 




martes, 13 de agosto de 2019

María Asunta al Cielo.

Entrada de la Virgen de los Reyes a la Seo de Sevilla
     Era la noche de Navidad de 1910 cuando una niña, hija de un Ministro del Gobierno
italiano, se acercaba en Roma a recibir por primera vez la Sagrada Comunión de la mano de
un joven Monseñor del Vaticano. Dicho Monseñor amaba mucho a la Virgen, y, acabada la
Misa, le encomienda a la niña:
- Y ahora, pequeña, te pido que reces cada día para que se cumpla el mayor deseo que
llevo en mi corazón: que llegue pronto el día de la definición del dogma de la Asunción de
la Santísima Virgen.
     La niña rezaba por aquel joven sacerdote, llamado Eugenio Pacelli, que en 1939 era
elegido Papa, el gran Pío XII. El 1 de Noviembre de 1950, a finales ya del Año Santo, aquel
Papa insigne, ante una multitud inmensa, definía como verdad de fe, revelada por Dios, que
la Virgen, resucitada después de su muerte, había subido en cuerpo y alma al Cielo.
     El Papa no obraba así sin más ni más, ni llevado sólo por su devoción personal. Había
escuchado el clamor de toda la Iglesia, guiada en su fe por el Espíritu Santo. Cuatro años
antes se había dirigido el Papa a todos los Obispos católicos del mundo y le había
preguntado a cada uno: -¿Cuál es tu parecer y el del pueblo cristiano a ti confiado sobre la
Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo?
     La respuesta de todos los Obispos fue unánime: un SÍ rotundo. Entonces, no había duda
alguna. El Espíritu Santo fue dado a la Iglesia para que le enseñara toda verdad, y si
Pastores y fieles creían todos lo mismo, esa verdad estaba en el depósito de la revelación.
Nuestro pensamiento se nos va ahora a Jerusalén, a los tiempos de los Apóstoles. La
vida de la Iglesia primitiva nos ha quedado impresa con rasgos indelebles y hermosísimos
en los Hechos de los Apóstoles, uno de los libros más bellos de toda la Biblia.
     Los primeros cristianos formaban una comunidad idílica y encantadora. Predicación
ardiente de los Apóstoles. Fraternidad de todos los bautizados. Oración asidua en el Templo
y en las casas. Todos en torno a la mesa donde partían el Pan: era Jesús que se hacía
presente por la Eucaristía... En la primera página de ese libro precioso, Lucas nos ha
presentado a María como corazón de esa Iglesia naciente. Ella alentaba la unión de los
discípulos, que elevaban las manos al cielo con la Madre del Señor Jesús colocada en
medio de ellos, y confiada a Juan como un hijo.
Ntra. Sra. del Tránsito o Dormición de Ntra. Sra. Hospital del Pozo Santo. Sevilla.
     Por María, y sólo por Ella como único testigo, supieron los Apóstoles y los más íntimos
aquellas noticias sobre la infancia y niñez de Jesús que nos han conservado los Evangelios
de Mateo y Lucas. Es natural que todos quisieran conocer la vida de Jesús en sus primeros
años, y no es nada extraño que María, con discreción exquisita, quisiera satisfacer
aspiración tan legítima.
     Así María, sin tener en la Iglesia ningún cargo ministerial que correspondía a los
Apóstoles, era el corazón de la Iglesia naciente y desempeñaba a las mil maravillas su
función de Madre de la Iglesia.
     Hasta que un día se esparció entre la comunidad la dolorosa noticia: ¡Ha muerto la
Madre del Señor Jesús! Pero pronto el dolor se convirtió en gozo. Porque Dios tuvo
providencia de hacer saber a los Apóstoles que María había resucitado y había sido llevada
en cuerpo y alma al Cielo. De no ser así, la Asunción de María no estaría en el depósito de la revelación. Y lo está. Porque ha quedado en la más pura Tradición de la Iglesia desde los
primeros días. De hecho, en Jerusalén se enseña desde los primeros siglos la casa de la
Dormición de la Virgen --¡Dormición, qué nombre tan bello!--, y los Orientales guardan
con amor en el Monte de los Olivos la tumba vacía que siempre pasó como de la Virgen
María.
     Esta verdad de la Asunción de la Virgen, sostenida siempre por la Iglesia, no está
explícita en la Biblia, pero sí que están bien claras las razones poderosas en que se apoya
nuestra fe.
     María, saludada por el Angel como la Llena de Gracia, no tendría la plenitud de los
favores de Dios si aún siguiera su cuerpo pulverizado en sepulcro.
     María, de cuya carne tomó su carne el Hijo de Dios, no podía sufrir una corrupción que
hubiera sido poco digna de su condición de Madre de Dios.
     María, asociada al Redentor al pie de la Cruz --Jesús la quiso con Él cuando llegó su
Hora--, no podía estar disociada de Él a la hora de la glorificación.
     María, declarada por Jesús desde la cruz como Madre de la Iglesia, no podía permanecer
en el sepulcro, pues esto hubiera sido también poco digno de la misma Iglesia de Jesús.
     Al estar María glorificada ya plenamente en el Cielo, se ha convertido en la imagen
futura de la Iglesia, que en la misma María ha llegado a su perfección total. Mirando a
María Asunta al Cielo, vemos lo que todos vamos a ser un día. No nos desanimamos en la
lucha.
     Vemos en María cómo el Señor cumple su palabra de resucitar a los que creen en Él, y
María fue la gran creyente.
     El Concilio nos recordó la verdad de María Asunta con estas palabras:
“La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del
Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y
vencedor del pecado y de la muerte”.
     ¡María, Madre nuestra, qué orgullosos estamos de ti! ¡Y cómo te amamos! En el Cielo
intercedes por nosotros, y no tienes otra ilusión que vernos a todos y cada uno de tus hijos
glorificados junto a ti. Y allí estaremos contigo, porque creemos firmemente en la palabra
de Jesús, que nos dijo: Todo el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Porque yo lo
resucitaré en el último día...

Hoy Festividad de la Asunción se entre otras advocaciones la de Ntra Sra de los Reyes, de la Paloma, del Mar, del Olvido, del Alba...

jueves, 4 de julio de 2019

Mishaal y Khaled. La princesa árabe que se enamoró de un plebeyo

La verdadera historia de Jazmín y Aladino. La princesa árabe que se enamoró de un plebeyo.

Se llamaba Mishaal nació en un palacio en Arabia, su nombre completo al nacer fue  Mishaal bint Fahd bin Mohammed Al Saud . La niña era una autentica belleza árabe y la favorita de toda la familia Al Saud, que es el nombre de la casa real reinante en Arabia Saudita.

En la década de 1960, Mohammed Ibn Abdelaziz Al Saud, el sexto hijo de Ibn Saud, fundador del estado Saudí, se convertiría en el jefe del Reino de Arabia Saudita. El príncipe heredero no llegó a gobernar. En marzo de 1964, el hermano menor de éste, Faisal bin Abdelaziz, fue nombrado regente y ocho meses más tarde, tras obligar a Sa'ud a abdicar, se convirtió en rey. Abolió el cargo de primer ministro convirtiéndose en gobernante absoluto.

Mohammed era un hombre temperamental y de muy mal genio, arrastrado por su alcohólico empedernido, lo que le imposibilitaba para asumir el cargo como rey, aunque el consumo de alcohol en Arabia Saudita está prohibido, ¿quién podría echárselo en cara al hijo de Ibn Saud? Su hermano menor y quien le obligó a abdicar a su favor en 1925 lideró al Ejército en la victoria en el reino de Hiyaz, convirtiéndose en virrey al año siguiente. En 1932, fue ministro de Asuntos Exteriores del recién creado reino de Arabia Saudí y después primer ministro, hasta terminar siendo el rey, como decíamos: Khalid.

A pesar de perder lugar en la sucesión al trono Saudí no así su notoriedad, Mohammed continuó siendo una de las personas más importantes del estado. A menudo, el rey Faisal le pedía consejo, luego también su medio hermano, el rey Fahd, cuando subió al trono en 1975, al ser asesinado Fáisal en un majlis por un sobrino. Además, fue considerado el miembro más rico de la familia real de Arabia Saudita.  Mohammed Ibn Abdelaziz Al Saud: tuvo seis hijos, Fahd, Bandar, Badr, Saad, Abdullah y Abdul Aziz, de diferentes esposas.

En 1958 a Mohammed le nació su nieta, Mishaal, (nuestra Jasmín) su ojito derecho. Desde la infancia, ella creció en el lujo, sin preocupaciones, dueña de infinidad de doncellas que la cuidaban, le servían en bandeja de plata, agasajada por todos en el palacio. Incluso el rey Khalid, el tío de la niña, bebía los vientos por la princesa Mishaal.

La descendencia del fundador de Arabia Saudita, Abdulaziz bin Saúd​ o Ibn Saúd, es de unos 7 mil príncipes-emires. De 12 esposas le nacieron 45 hijos, quienes se convirtieron en los legítimos herederos del trono y así toda su descendencia futura. De entre ellos, a uno se le asignó ser el esposo de nuestra Jasmín, Mishaal, el destino de las niñas está escrito casi inmediatamente después de su nacimiento. Los padres eligen a su futuro esposo; Ad pedem litteræ, y se excluye cualquier Addenda.

Así que tan pronto como la joven belleza creció, los padres decidieron que se casaría con uno de los muchos primos-príncipes. ¿Cuál de todos ellos? No importaba, lo único que importaba y lo principal era la continuación de la saga, todo lo demás no son mas que formalidades inútiles.

Mishaal en realidad nunca fue dueña de su propio destino y eso, para una adolescente que tuvo siempre todo lo que quiso, hizo cuanto se le antojó, era duro de asumir.

No tenía sentido hablar con sus padres sobre este tema, así que la princesa pidió que antes del matrimonio quería obtener una educación superior. Y, como siempre: lo que pedía la bella princesa ¡Concedido! Así que la enviaron a estudiar a una universidad en el Líbano. En Arabia Saudita en ese momento no había oportunidad de obtener una educación para una mujer.
En cuanto a ésto, los derechos de las mujeres locales son todavía muy limitados en este país. Por ejemplo, si una niña es violada, entonces ella será responsable ante la ley, ya que supuestamente "provocó" al abusador.

Mishaal fue al Líbano acompañado por numerosos guardias y sirvientes. Pero incluso la supervisión durante todo el día no le impidió hacer lo que suele suceder a las chicas de 19 años: enamorarse de un joven encantador. El objeto de su adoración era el hijo del embajador de Arabia Saudita en el Líbano, Khaled al-Shaer Mulhallal, nuestro Aladino. En cualquier país occidental el hijo del embajador probablemente pertenecería a la alta sociedad, en cambio en Arabia Saudita, un país donde los príncipes-emires hereditarios realizan la mayoría de las funciones de poder, se lo consideraba un plebeyo.

El romance de la princesa Mishaal y Khaled (Jasmín y Aladino) inicialmente no tenía oportunidad de un final feliz para la pareja. De acuerdo con las leyes de Arabia Saudita, para cualquier relación entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio, los jóvenes podrían enfrentarse a la pena de muerte. No se sabe con certeza si los amantes decidieron ir tan lejos. Sin embargo, el hecho de que la princesa se quedara a solas con un extraño fue suficiente para causar un escándalo.

A pesar de todos los riesgos, Mishaal y Khaled continuaron comunicándose. Dado que la niña siempre estuvo rodeada por una gran comitiva, no fue posible mantener su romance en secreto durante demasiado tiempo. Al regresar a Arabia Saudita, uno de los sirvientes le contó al rey la extraña conexión de la princesa con un plebeyo.

Luego, al darse cuenta de que su vida estaba en peligro, Mishaal dio un paso aún más arriesgado: trató de escapar. La niña llegó a la ciudad de Jeddah, ubicada en el Mar Rojo, tiró su ropa cerca del agua, con la esperanza de que fuera dada por muerta al ahogarse; se vistió como un hombre y fue al aeropuerto.

Aquí la aventura "holibudiense" o Disney de Jasmín y Aladino; Mishaal y Khaled acaba feliz y subidos en una alfombra mágica, sus padres, abuelos, hermanos y todos los súbditos sonríen...

Pero el verdadero final no fue ese: en el aeropuerto, utilizando documentos falsificados, la princesa intentó salir del país, pero los oficiales de seguridad del aeropuerto la reconocieron y la llevaron bajo custodia.

Cuando Mishaal fue traída de regreso, ella compareció ante la Corte. Según la ley, el adulterio debe ser confirmado por al menos 4 testigos, pero en el caso de la princesa no podría haber tal teoría. Además, no hubo necesidad de testigos, ella misma admitió que existió una relación íntima. De hecho, tanto si fue cierto, o que la princesa lo dijo como un gesto de protesta contra las duras reglas de la Sharia o sabedora de la pasión que despertaba en todo el palacio desde niña; no lo sabemos o no importa demasiado. En cualquier caso, ella fue declarada culpable.

Incluso para la nieta favorita del gobernante de Arabia Saudita, no puede haber concesiones. ¿Pero qué sucede si una princesa se enamora de un joven Aladino y quiere unir su vida con él? Esta es la historia de un amor con un final tan trágico, nada parecido al de Jazmín y Aladino, el de Sheresade.

Khaled al-Shaher Mulhallalla fue inmediatamente condenado a muerte, pero durante algún tiempo la condena de la princesa quedaba en suspenso. El mismo rey Khalid insistió en que la niña puede ser salvada. Pero ahora el abuelo de la belleza oriental, Mohammed ibn Abdulaziz Al Saud, apodado Abu Sharayan ("Padre de dos males") por su mal genio, dijo: la pena de muerte espera al infractor.

El 15 de julio de 1977, Khaled y Mishaal fueron llevados a la plaza central. El proceso fue dirigido por el propio Mohammed Al Saud, su abuelo. Los dos jóvenes atados y presentados al público. Como la princesa era miembro de la familia real, logró evitar la lapidación. Pusieron a la niña de rodillas y le dispararon en la cabeza. Khaled estaba esperando una ejecución más brutal.

Por lo general, se invita a un verdugo profesional a ejecutar una sentencia de muerte, lo que salva al delincuente de padecer un sufrimiento innecesario. Pero en algunos casos, para endurecer el ya severo castigo, esta tarea se confía a un aficionado. Y también a Khaled.

Se ordenó que se le cortara la cabeza por uno de los miembros de la familia de Mohammed, inexperto en el uso de la espada. Como resultado, la cabeza fue cortada de los hombros del desafortunado Khaled solo con el quinto golpe. Es terrible imaginar qué tipo de sufrimiento experimentó el joven en esos últimos momentos de su vida.

Mohammed ibn Abdelaziz Al Saud admitió que nunca se arrepintió de lo que hizo con su nieta. Según él, incluso el hecho de que la princesa, por ser mujer, estuviera en la misma habitación con un extraño era suficiente para castigarla.
Fin


sábado, 29 de junio de 2019

Por qué los Orgullos Gay atacan a la Iglesia.

Junio ​​en el calendario católico es el mes del Sagrado Corazón de Jesús, en el mes laico es el mes dedicado al orgullo gay en todo el mundo, entre las características comunes de todos ellos la más sobresaliente se encuentra la #blasfemia.

Junio ​​en el calendario católico es el mes del Sagrado Corazón de Jesús, en el laico es el mes dedicado al orgullo gay en todo el mundo, es decir, esas coloridas procesiones que serpentean por las calles de las ciudades y en las que los participantes desean hacer alarde de "El orgullo de ser supergay." De hecho, es mejor decir "gay", un término que debe usarse cuando la orientación sexual se ondea como una bandera ideológica. Los desfiles a menudo se asocian con otras iniciativas como reuniones, proyecciones de cine, conferencias, espectáculos, juegos también (y sobre todo) para niños e incluso pregones, etc.

El "movimiento" se asienta en el espíritu de los movimientos del '68 que se basaron no tanto en promover una actitud de defensa, la protección de su grupo, sino que más bien atacan a aquellos que señalan como enemigos. Para el trabajador era el empresario el enemigo, para la mujer es el hombre, la familia y los hijos. De manera análoga, en el orgullo gay no marchan tanto a favor de las personas homosexuales, sino que marchan en contra: contra la Iglesia, contra quienes afirman que la homosexualidad es una condición desordenada, contra partidos de derecha, contra conformistas, etc.

En resumen, la base característica del orgullo gay es el espíritu antagónico, un espíritu que contradice ciertas consignas que se gritan en esas mismas "manifas" con carrozas "multiculos" destinadas a la no discriminación, la inclusión y la apertura a lo que es diferente. En otras palabras, aunque la presentación que nos hacen creer del homosexualismo es ser abierta, acogedora, al diálogo, pero lo que viene de este mundo es lo contrario: hostilidad, beligerancia, incapacidad para dialogar, etc

El desfile del orgullo gay es un desfile de cuerpos semidesnudos (o desnudos completamente) esencialmente por 5 razones. El primero: la provocación. Según el espíritu beligerante que hemos mencionado anteriormente, es necesario provocar al enemigo, empujarlo a la reacción del desagravio generado y luego así atacarlo y tratarlo como de fanático, insensible y homofóbico si se atreve a responder. Segunda razón: la crítica. La desnudez se usa como un insulto a los estereotipos, de la normalidad, de la naturalidad de las relaciones. Por lo tanto, es un mensaje revolucionario: anular el orden deseado por Dios, que quería que el hombre fuera atraído por lo femenino y viceversa y, en particular, anular el significado de castidad y modestia, no más virtudes, sino tabú para derrocar a los enemigos de la libertad individual. Tercera razón transgresión. El cuerpo semidesnudo o desnudo del sarasón es una expresión del deseo de cruzar cualquier límite en el campo sexual. La primera limitación, por supuesto, es la de la heterosexualidad. La promiscuidad se entiende como una fuerza liberadora de los impulsos. Cuarta razón: la materialidad y lo puramente físico frente a la interioridad. La desnudez con orgullo es testigo de que la relación homosexual a menudo se centra en eros, y la dimensión afectiva (que obviamente también es desordenada porque proviene de la orientación homosexual, que también está desordenada como lo enseña el Catecismo) es un aspecto accesorio. Como nos enseñó en su serie de catequesis S. Juan Pablo II la "Teología del cuerpo" separan lo físico de lo espiritual haciendo al hombre poseedor sólo de lo físico como si fuera un animal más de la Creación.(ver S.Agustín, Libro X de las Confesiones) Ésta consideración es a menudo la fuente de la relación homosexual. Quinto motivo: el narcisismo. Para algunos participantes, el orgullo gay puede ser un escenario para presumir con la esperanza de ser notado y apreciado. El narcisismo, el vicio del cual ni siquiera los heterosexuales son libres, podría representar el intento de llenar, mediante confirmaciones positivas, ese sentimiento de inadecuación con respecto al mundo masculino para los hombres y con respecto al mundo femenino para las mujeres que a menudo acompañan a la persona homosexual (ver R. Marchesini, Homosexualidad, en T. Scandroglio, Preguntas de la vida y la muerte, Ares)

Otra característica de los "Orgullo gay" es ayudar a normalizar el fenómeno de la homosexualidad y la transexualidad en la conciencia colectiva, hacer que se absorban en la mente de la mayoría, inmunizar a toda la sociedad de los impulsos críticos innatos. La oficialización mundial y generalizada del orgullo gay lo ha convertido en un fenómeno personalizado, no tan escabroso, en esto obviamente ayudado por muchas otras actividades destinadas a normalizar la homosexualidad. Históricamente, el orgullo gay fue la primera iniciativa pública dirigida a hacer que la homosexualidad sea aceptable en la sociedad civil.

LA BLASFEMIA: La última característica, entre muchas otras, del orgullo gay es el empeño desmedido profanador hacia la Iglesia y el espíritu religioso. Es el primer elemento antagónico del orgullo gay. Según este factor, es el primer enemigo en ser asesinado: la Iglesia. Por eso hay tantas vulgaridades, insultos y representaciones blasfemas contra Dios, la Santísima Virgen y los santos. En estos gestos llenos de violencia, queda claro no solo el intento de profanar, que ahora está de moda desde el 68 hasta el presente y, por lo tanto, es la única fuente de las representaciones, sino el verdadero odio a todo lo sagrado, casi como si la Iglesia y los santos fueran en sí mismos una advertencia a la conciencia de estas personas. Naturalmente, el delito administrativo de la blasfemia permanece impune, así como el delito de desprecio a la religión. Por otra parte, y trivialmente dicho, aquellos que se atreven a criticar tales expresiones blasfemas pasan por ser homofóbicos, no son liberales, culpables de asumir actitudes discriminatorias, medievales porque censuran la libertad de expresión. De tal manera, como sucede con la ViGen, dos pesos dos medidas: si un homosexual insulta a la Virgen, este insulto es libertad de expresión, si un creyente critica a un hombre aflojado en su moral y contranatura que insulta a la Virgen merece ir a la cárcel por difamación.

jueves, 13 de junio de 2019

«Madre España» Miguel Hernández


Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huesos caídos se levantan:
madre.

Decir madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre.

La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la madre entera con todo su infinito,
madre.

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
madre.

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
volverás a parirme con más fuerza que antes.
Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡madre!

Hermanos: defendamos su vientre acometido,
hacia donde los grajos crecen de todas partes,
pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
aires.

Echad a las orillas de vuestro corazón
el sentimiento en límites, los efectos parciales.
Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
grande.

Una fotografía y un pedazo de tierra,
una carta y un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
madre.

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
fundirse con nosotros y salvar la primera
madre.

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme:
no me separarán de tus altas entrañas,
madre.

Además de morir por ti, pido una cosa:
que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
madre.

Miguel Hernández

De: «Poemas sociales de guerra y muerte»

martes, 28 de mayo de 2019

Reza por mi.

Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018


Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta,  porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.

Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.
Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve  porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.

Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y  estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

sábado, 16 de marzo de 2019

El valor salvífico de la resurrección

El valor salvífico de la resurrección
SS Juan Pablo II. 15 de marzo de 1989




l. Si, como hemos visto en anteriores catequesis, la fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección de Cristo, por ser ésta la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación, también hay que añadir que es fuente del poder salvífico del Evangelio y de la Iglesia en cuanto integración del misterio pascual. En efecto, según San Pablo, Jesucristo se ha revelado como ‘Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos’ (Rom 1, 4). Y El transmite a los hombres esta santidad porque ‘fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación’ (Rom 4, 25). Hay como un doble aspecto en el misterio pascual: la muerte para liberar del pecado y la resurrección para abrir el acceso a la vida nueva.

Ciertamente el misterio pascual, como toda la vida y la obra de Cristo, tiene una profunda unidad interna en su función redentora y en su eficacia, pero ello no impide que puedan distinguirse sus distintos aspectos con relación a los efectos que derivan de él en el hombre. De ahí la atribución a la resurrección del efecto específico de la ‘vida nueva’, como afirma San Pablo.

2. Respecto a esta doctrina hay que hacer algunas indicaciones que, en continua referencia los textos del Nuevo Testamento, nos permitan poner de relieve toda su verdad y belleza.

Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida nueva para todos los hombres. Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con estas palabra: ‘Padre… glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado’ (Jn 17, 1-2). En su plegaria Jesús mira y abraza sobre todo a sus discípulos a quienes advirtió de la próxima y dolorosa separación que sé verificaría mediante su pasión y muerte, pero a los cuales prometió asimismo: ‘Yo vivo y también vosotros viviréis (Jn 14, 19). Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará después de la resurrección. Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: ‘No ruego por éstos (mis discípulos), sino también por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí… (Jn 17, 20): todos deben formar una sola cosa al participar en la gloria de Dios en Cristo.

La nueva vida que se concede a los creyentes en virtud de la resurrección de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte del pecado y en la nueva participación en la gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria: ‘Dios, rico en misericordia…, estando muertos a causa de nuestros delitos nos vivificó juntamente con Cristo’ (Ef 2, 4-5). Y de forma análoga San Pedro: ‘El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha reengendrado para una esperanza viva’ (1 Pe 1, 3).

Esta verdad se refleja en la enseñanza paulina sobre el bautismo: ‘Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva’ (Rom 6, 4).

3. Esta vida nueva (la vida según el Espíritu) manifiesta la filiación adoptiva: otro concepto paulino de fundamental importancia. A este respecto, es ‘clásico’ el pasaje de la Carta a los Gálatas: ‘Envió Dios a su Hijo… para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva’ (Gal 4, 4-5). Esta adopción divina por obra del Espíritu Santo, hace al hombre semejante al Hijo unigénito: ‘…Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios’ ‘m 8, 14). En la Carta a los Gálatas San Pablo se apela a la experiencia que tienen los creyentes de la nueva condición en que se encuentran: ‘La prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios’ (Gal 4, 6)7). Hay, pues, en el hombre nuevo un primer efecto de la redención: la liberación de la esclavitud; pero la adquisición de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo, y ello no tanto por el acceso legal a la herencia, sino con el don real de la vida divina que infunden en el hombre las tres Personas de la Trinidad (Cfr. Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La fuente de esta vida nueva del hombre en Dios es la resurrección de Cristo.

La participación en la vida nueva hace también que los hombres sean ‘hermanos’ de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: ‘Id a anunciar a mis hermanos…’ (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección.

4. La resurrección de Cristo (y, más aún, el Cristo resucitado) es finalmente principio y fuente de nuestra futura resurrección. El mismo Jesús habló de ello al anunciar la institución de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la resurrección futura: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día’ (Jn 6, 54). Y al ‘murmurar’ los que lo oían, Jesús les respondió: ‘¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes…?’ (Jn 6, 61-62).De ese modo indicaba indirectamente que bajo las especies sacramentales de la Eucaristía se da los que la reciben participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo glorificado.

También San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: ‘Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron… Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo’ (1 Cor 15, 20-22). ‘En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: !La muerte ha sido devorada en la victoria!’ (1 Cor 15, 53-54). ‘Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo’ (1 Cor 15, 57).

La victoria definitiva sobre la muerte, que Cristo ya ha logrado, El la hace partícipe a la humanidad en la medida en que ésta recibe los frutos de la redención. Es un proceso de admisión a la ‘vida nueva’, a la ‘vida eterna’, que dura hasta el final de los tiempos. Gracias a ese proceso se va formando a lo largo de los siglos una nueva humanidad: el pueblo de los creyentes reunidos en la Iglesia, verdadera comunidad de la resurrección. A la hora final de la historia, todos resurgirán, y los que hayan sido de Cristo, tendrán la plenitud de la vida en la gloria, en la definitiva realización de la comunidad de los redimidos por Cristo ‘para que Dios sea todo en todos’ (1 Cor 15, 28).

5. El Apóstol enseña también que el proceso redentor, que culmina con la resurrección de los muertos, acaece en una esfera de espiritualidad inefable, que supera todo lo que se puede concebir y realizar humanamente. En efecto, si por una parte escribe que ‘la carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos; ni la corrupción hereda la incorrupción’ (1 Cor 15, 50) lo cual es la constatación de nuestra incapacidad natural para la nueva vida), por otra, en la Carta a los Romanos asegura a los que creen lo siguiente: ‘Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros’ (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de espiritualización, que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección de Cristo.

Se trata, sin duda, de realidades que escapan a nuestra capacidad de comprensión y de demostración racional, y por eso son objeto de nuestra fe fundada en la Palabra de Dios, la cual, mediante San Pablo, nos hace penetrar en el misterio que supera todos los límites del espacio y del tiempo: ‘Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida'(1 Cor 15, 45). ‘Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste’ (1 Cor 15, 49).

6. En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación en el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación divina, fuente de la futura resurrección.

Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas: ‘Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). Y es la vida en el Espíritu Santo.

Esta certeza sostiene al Apóstol, como puede y debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo en el fragmento de una Carta suya con el que queremos cerrar )para nuestro conocimiento y consuelo) nuestra catequesis sobre la resurrección de Cristo: ‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio… Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo…’ (2 Tim 2, 8-13).

‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos’: esta afirmación del Apóstol nos da la clave de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad