sábado, 29 de octubre de 2016

LA EMBAJADA KEICHO por Juan José Fernández Sanz

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El 22 de agosto de 1615, la embajada japonesa Keicho partía de Madrid por el Camino Real de Aragón. Sus integrantes, dirigidos por el franciscano Luis Sotelo, se embarcarían después en Barcelona, para llegar a Roma el 29 de octubre. La visita al Papa, tanto de cortesía como para solicitar misioneros para Japón, era una de sus previstas finalidades. La principal estribaba en conseguir del Rey de España comerciar directamente con Nueva España (México).
La embajada Keicho, o del samurái Tsunenaga Hasekura, al servicio del daimio de Voxú, convertido al catolicismo en 1610, se realiza un poco al margen del sogún Tokugawa Ieyasu. Siguiendo la «ruta española» por el mar Pacífico (el por entonces nominado Lago Español), se dirigen a Acapulco. Recibidos por el virrey de Nueva España en Ciudad de México, desde Veracruz, y con hito intermedio en La Habana, parten rumbo hacia Europa, con llegada a Sanlúcar un año después del inicio del viaje (octubre de 1614). Sus entradas en Coria del Río y en Sevilla, se traducen en recibimientos apoteósicos, asombradas las gentes ante tan extraño séquito, ataviado a la usanza japonesa. En Madrid son recibidos por el duque de Lerma y Felipe III, ya en enero de 1615, a quien exponen los motivos político-económicos del viaje.
Tras un descanso de siete meses, viene la partida hacia Roma. En Barcelona embarcan para Italia en tres fragatas. La recalada obligada en Saint-Tropez, debido a una tormenta, producirá en la ciudad francesa la misma extrañeza y admiración que antes se había observado en las ciudades españolas que atravesaron. Las Relaciones de Madame de Saint-Tropez (octubre de 1615) precisan cómo los integrantes de la misión japonesa no tocaban la comida con los dedos, antes bien se servían de unas pequeñas varillas, y cómo soplaban sus narices en papeles suaves de seda que luego arrojaban al suelo. En Roma son recibidos triunfalmente, y también por el Papa Paulo V. Hasekura se confirma, y su secretario es bautizado en San Juan de Letrán.

El 7 de enero de 1616 la comitiva inicia la vuelta. Tras quedarse algunos por Sevilla (el apellido Japón lo conservan sus descendientes, como es bien conocido), retornan a Japón, de nuevo por México, para culminar el periplo en agosto de 1620. Los objetivos inicialmente previstos más bien no se consiguen. El Papa Paulo V, aunque los acoge favorablemente, los remite al nuncio en Madrid, y en definitiva al Rey de España. Y Felipe III se niega a formalizar los acuerdos para que se pudiese comerciar directamente con Nueva España; la doctrina económica entonces imperante, el mercantilismo, prescribía que los territorios de ultramar sólo comerciasen con la metrópoli. Por demás, suplementariamente, al poco de la partida de la expedición, en enero de 1614, se publica en Japón un decreto ordenando la expulsión de los misioneros, y se emprende una persecución de la fe cristiana; hechos que el Rey bien conocía, pues las cartas y viajes de los misioneros, y la Casa de Contratación de Sevilla se constituían en la mejor fuente de información de lo que acaecía en un mundo ya globalizado, del que España era centro y actor clave. Por demás, Luis Sotelo, que no vuelve a Japón hasta 1622, será apresado y quemado vivo en 1624. Muestra todo ello del aislacionismo y rechazo que se instala por entonces en Japón, que durará hasta el último tercio del siglo XIX; cuando con la Era Meiji se inicie el acercamiento definitivo al mundo occidental. En todo caso, sean cuales fuere los resultados, las relaciones diplomáticas de Japón con España y con Roma se habían adelantado 250 años (280, si se considera la «embajada» Tensho de los jesuitas, de 1582 a 1590); por lo que la relevancia diplomática de este viaje no debe ser minusvalorada.

En realidad, el encuentro se había producido mucho antes. Si bien los primeros europeos en llegar a Japón fueron los portugueses (1543), el gallego Pero Díez lo hace un año después. Por demás, el navarro Francisco Javier, unos años más tarde, sentó las bases de una evangelización en la que, al lado de los jesuitas, intervinieron también franciscanos, dominicos y agustinos, de modo que la comunidad cristiana llegaría a los 700.000 seguidores por los años previos a la embajada Keicho.

Encuentro de pueblos y culturas, proyección y liderazgo universal, sumatorio de diplomacia blanda pública y privada. Qué lejos de esa costosa, ridícula y aberrante pseudodiplomacia a que nos tiene acostumbrados algún líder autonómico –permítasenos el desahogo–, más bien entorpecedora de la dirección unitaria que un gran país como España requiere, y que a día de hoy parece recuperarse, recordando y engarzando con la rica historia común subyacente. ¡Quod erat demostrandum!

Juan José Fernández Sanz, profesor titular de Historia de la Comunicación Complutense.



viernes, 28 de octubre de 2016

"El reloj." de Pío Baroja

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Porque todos sus días, dolores, y sus ocupaciones,
molestias, aún de noche su corazón no reposa.
                                                                          Eclesiastés

Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.

Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones
almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.

Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.

Desde la ventana se veía la luna, que iluminaba con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento.

En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.

«¡Ah! Soy feliz —me repetía a mí mismo—. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.

¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.

—Tú también —le decía al cantor de la noche— vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.

Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.

Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.